Día 237: No se madruga en Cabo Leeuwin

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Una de las grandes ventajas de vivir en una isla como ésta, un lugar perdido de la mano de Dios que muchas veces ni siquiera aparece en los mapas, es que no hay ninguna obligación para madrugar.

El día que me apetece me levanto pronto y sí no me apetece no me levanto pronto. 
Normalmente es mi colon el que dirige el cotarro, decidiendo cuando ha llegado el momento de convertirse en un ser vertical.

Adiós relojes, no os necesito
para nada relacionado con el paso del tiempo.

Saludos,
Anne sin hora

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2 comentarios en “Día 237: No se madruga en Cabo Leeuwin

  1. Se supone que los relojes sirven para controlar el tiempo, pero quizás es el tiempo el que nos controla gracias a los relojes.

    Otras rémoras nacieron de la evolución de nuestro encéfalo, efectos secundarios perniciosos de la adquisición de la consciencia -la creencia en Creadores, Dioses, sus órdenes de ser dóciles y obedientes y la promesa de otra vida más allá de la muerte, el peor de todos-, pero todos giran, al final, en torno al tiempo.

    Enterrremos los relojes en las arenas del tiempo…

    Salud, suerte y mucha arena, Anne

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