Día 407: Y la niebla se fue por dónde había venido

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Y cuando parecía que la niebla se había instalado en Cabo Leeuwin como un okupa con malas intenciones, finalmente las plegarias a los dioses han funcionado.

La niebla, después de pintar el mar y las palmeras con su color gris aburrido, se ha ido por donde había venido. Se ha ido con viento fresco.

Ahora el sol se ha hecho el dueño del paisaje, ha dejado claro que aunque empiece el invierno, la luz no volverá a filtrarse a través de la niebla, porque no habrá más niebla. Se acabó.

Mi cara blancucha, mis brazos blancuchos y, el resto de mi anatomía están ahora expuestos al sol para recuperar la vitamina D que, como sería de esperar, brilla por su ausencia en mi torrente sanguíneo.

Au revoir brouillard.

Anne

Día 391: Niebla en el paraíso

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Hay veces en las que al despertarte ya sabes que el día es tan gris, como el gris más grisáce0 del mundo. Lo notas al abrir los ojos, lo percibes en la luz que se cuela por esa mini ventana que te permite ver lo que pasa fuera de la cabaña.

Cabo Leeuwin está abrazando el otoño que por fin se ha instalado en la isla como un huésped fijo. Los días se están enfriando y el cielo ha cerrado a cal y canto el acceso al sol que ha sido un compañero fiel y cargante durante todo el verano.

Antes de que llegue Noviembre tendré que trasladarme a la cueva de piedras calientes, allí es más fácil sobrevivir al invierno. Es un lugar oscuro pero no hace frío. Creo que es bueno alejarse de la orilla del mar cuando las tormentas hacen su entrada en escena. Allí estaré bien y lo sé.

Me voy a buscar madera.

Anne

Día 171: Cae la niebla y pierdo la voz

Niebla en mi Cabo Leeuwin
Niebla en mi Cabo Leeuwin

Con la misma velocidad con la que la niebla se ha instalado en Cabo Leeuwin, mi voz ha decidido darse unas vacaciones de mi misma.

En un lugar en el que no tienes nadie con quien hablar es difícil darse cuenta de que no tienes voz. En mi caso ha sido fácil. Muy fácil. Demasiado fácil. Y quizás la razón es que ya no distingo cuando pienso mentalmente de cuando hablo de verdad, la falta de interlocutor humano hace que cualquier diálogo se convierta en un monólogo mental o sonoro.

Afortunadamente se acerca la hora de dormir, la de instalarme en mi cabaña de invierno de espaldas al mar y a su brisa, la de tenderme sobre un colchón convertido en un milhojas de objetos blandos y resistentes que he ido recogiendo por la isla y que contribuyen a destrozarme la espalda y a protegerme del frío.

Mañana será otro día, con voz o sin voz será otro día cualquiera en Cabo Leeuwin.

Buenas noches.
Anne